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viernes, 30 de marzo de 2012

Una cuestión de tiempos…un momento para comprender


Cuantas veces, en la actualidad, hemos escuchado decir cosas tales como “no tengo tiempo para nada” o “cómo pasa el tiempo” o “el tiempo no me alcanza…”. Pareciera que algo en relación a este valor temporal, se presenta en algunas oportunidades como una queja, y otras, vinculado a ciertas sensaciones de frustración, ahí donde ese tiempo justamente no alcanza y en consecuencia no es suficiente para lograr o alcanzar determinadas metas.

También resultaría extraño que, casualmente en estas épocas, pudiéramos pensar a alguien no portando un celular, lo que implicaría entender que es impensado que alguien no pudiera estar ubicable, o que no tenga una dirección de mail, lo mínimo e indispensable para sobrevivir…

¿Será que no podemos perdernos de nada, lo que equivaldría a decir, que estamos listos y disponibles siempre, en cualquier momento y horario, porque si se apaga el celular…qué sucedería?

¿Qué será entonces lo que esta época parece “imponer”? ¿Podría ser, que en la era de la globalización y el discurso capitalista, en donde todo puede ser posible de manera rápida y eficaz, no podamos pensarnos por fuera de ese tiempo que nos “obliga” a estar siempre, a querer saber todo y no poder concebir, por sobre todas las cosas, el perdernos nada?

Sería interesante analizar entonces, en relación a estas particularidades, cómo se estructura el discurso a través de estos acontecimientos, y valdría la pena pensar qué sucede justamente con lo discursivo en esta época, allí donde parece quedar claro que, los efectos del discurso, tienen consecuencias para los sujetos hablantes, y estas consecuencias seguramente estarán vinculadas a las ofertas y semblantes que este discurso genera.

Los efectos del discurso

Entonces, si este “modo de comunicación” hace referencia no sólo a lo “todo posible” sino por sobre todas las cosas a la inmediatez, tal vez deberíamos considerar que el efecto probable tenga que ver con lo que no se inscribe en el discurso, es decir, que en relación al lenguaje algo no puede ser simbolizado por los sujetos que hablan, y en consecuencia, los resultados son las carencias de los lazos, que en el caso del discurso capitalista, al decir de Colette Soler “…no escribe nada de eso, sino sólo la relación de cada sujeto con los objetos a producir y a consumir”, destruyendo el “Capital Simbólico”[1].

¿Qué consecuencias tendrá esto para un sujeto? Los síntomas actuales nos ofrecen un claro ejemplo de esta modalidad: ataques de pánico, estrés, fobias, podrían ser algunos de los exponentes más comunes de la época, como también las llamadas “patologías del acto”: bulimias, anorexias, entre otras, compulsiones que se repiten, en el intento de asimilar ese goce que “exige” satisfacerse en el aquí y ahora.

En la carrera hacia el éxito como única meta posible, se genera como resultado la insatisfacción y las nuevas “formas” de padecimiento, como así también muchas respuestas que se prometen para su solución, muy acordes a estos tiempos también: rápidas y eficaces, eliminando el valor simbólico de la palabra, en su transmisión, como arma que da sentido y compensa los padecimientos de la vida misma.

Es cierto que estar “a la altura de la época” sería sinónimo de “aliviarse rápidamente, para seguir con el ritmo de los tiempos de hoy”, pero ¿cómo darle otro lugar al padecimiento, cómo hacer para que, eso que se padece, pueda ponerse en palabras?

Lacan introdujo tres tiempos lógicos, en donde el segundo tiempo corresponde al “momento de comprender”. Un momento en el cual es necesario un intervalo, intervalo entre la causa y su efecto…intervalo casualmente que la pulsión intenta eliminar, “exigiendo” su satisfacción en un tiempo inmediato.

Allí no hay lugar para el síntoma, para ese sustituto en el cual los sujetos puedan encarnar ese valor de uso pulsional que se contrapone con el valor de tiempo del goce, donde lo que se impone es la inmediatez, quedando reducidos entre el “momento de ver” y el “momento de concluir”, sin la mediación de ese otro tiempo intermedio, necesario para hablar de lo que nos sucede.

El psicoanálisis, un momento para comprender

El psicoanálisis se propone como un espacio en el cual es válido ese tiempo lógico, como síntoma incluso, haciendo de intervalo entre lo dicho y aquello que queda por fuera, que no se puede decir y que muchas veces “no se quiere saber”.

La historia forma parte del tiempo, por eso, el psicoanálisis propone desandar ese camino, darle un valor de uso a la palabra para ponerla a trabajar e ir más allá de eso que está en la superficie, en la vorágine y en lo que no se puede solucionar inmediatamente.

Darle un lugar al discurso, en donde el que padece pueda hablar-hacerse un tiempo- para contar su historia.

Lic. Natalia Domínguez



[1] Colette Soler, “Los afectos Lacanianos”.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El marketing de la enfermedad


Llamamos psicofármacos a aquellos medicamentos que producen efectos en el comportamiento de la persona que los consume. Se los clasifica en dos grandes grupos: los sedantes psíquicos y los antidepresivos. Dentro de los sedantes psíquicos se encuentran los estabilizantes del humor, los antipsicóticos y los ansiolíticos (los más conocidos: clonazepan y alprazolam). Por su parte, los antidepresivos se dividen en típicos y atípicos (por ejemplo: fluoxetina y paroxetina).


Hace un par de meses, Susana Gimenez sorprendió a varios al contar en su programa que toma antidepresivos hace diez años, rematando su revelación con las siguientes palabras: “toma todo el mundo en los Estados Unidos y en Europa. Son excelentes. Se puede caer todo y no pasa nada". Enseguida aclaró: "Lo que no podés hacer con la pastilla es mezclar. Pero desde que las consumo, me importa tres pitos todo lo que pase". (http://www.youtube.com/watch?v=1avxy9LRlno)

Si bien la expresión de Susana suena un poco exagerada, las estadísticas nos brindan números bastante llamativos: sólo en EEUU, veintisiente millones de personas toma antidepresivos, esto es el 10 % de la población y representa exactamente el doble de la cantidad de gente que consumía dichos psicofármacos en 1996. En la Argentina los números resultan igual de alarmantes: según una encuesta del Observatorio Argentino de Drogas más de tres millones de argentinos admitieron el uso de psicofármacos, habiendo aumentando en un 40 % el consumo de antidepresivos y ansiolíticos en los últimos diez años.


Hoy 100.000.000 de personas consumen psicofármacos en todo el mundo. El vertiginoso ascenso del consumo está directamente relacionado con el llamado “marketing de la enfermedad”: a partir de los medios se difunde ampliamente la aparición de “nuevos” transtornos psicológicos, enfermedades descubiertas en los departamentos de marketing de los fabricantes de drogas. Algunos de ellos tienen nombres que resultarían graciosos si no fuera porque realmente a los pacientes se les diagnostica dichas enfermedades, por ejemplo: transtorno de ir de compras compulsivo, transtorno premenstrual disfórico, transtorno bipolar pediátrico (que llevó a un aumento del orden del 4000% en el consumo de medicación para niños en la última década). A modo de ejemplo, tomemos lo que ocurrió con el llamado transtorno de ansiedad social: en el año 1999 en EEUU se difundió en diversos medios publicitarios el descubrimiento de esta “nueva” enfermedad, afirmándose que afectaba al 13,3 % de la población estadounidense. Simultáneamente, la DFA aprobaba la droga llamada PAXIL, supuestamente eficaz para su tratamiento. Tiempo después se descubrió que la agencia de publicidad que había realizado la campaña que alertara a la población por la aparición del transtorno de ansiedad social había sido contratada por la misma empresa farmacéutica que creó la droga. (para más detalles: http://www.youtube.com/watch?v=3iitl6IqSRo&feature=g-hist )

Otra problemática vinculada con el tema es la cuestión de la automedicación. No todas las drogas actúan de la misma manera, dado que la metabolización de las mismas por parte del organismo varía según cada persona, la sustancia, la dosis, la forma en la que se administra, el tiempo transcurrido desde que comenzó el consumo y la interacción entre dos o más psicofámarcos. De ahí la importancia de que el consumo de psicofármacos sea supervisado por un profesional. Según un informe de la Secretaría para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico, más del 10% de las personas de entre 16 y 65 años, el 8% de los universitarios y el 4,4% de los estudiantes secundarios usan sedantes o estimulantes sin prescripción médica. "Es todavía más grave, porque esos datos hablan del consumo sin receta y hay muchos que, aún accediendo a los psicofármacos por indicación médica, los usan indebidamente. La cifra es aún mayor", asegura Diego Alvarez, director del Observatorio de Drogas de Sedronar. "Argentina es el único país latinoamericano en el que la primera droga, después del tabaco y el alcohol, no es la marihuana sino el psicotrópico".

El correlato de esta situación es que los psicólogos nos encontramos cada vez más asiduamente con pacientes que en la primer consulta cuentan que hace tiempo toman algún tipo de psicofármaco sin ningún tipo de supervisión profesional. Se ha naturalizado tanto el consumo que nadie mide las consecuencias de la automedicación.

¿Cuál es la posición que tenemos algunos de los profesionales de la salud de orientación psicoanalítica frente a la cuestión del uso de psicofármacos? La medicación puede ser en muchos casos una herramienta muy importante, fundamentalmente ante la presencia de una sintomatología que hace obstáculo al tratamiento: niveles de angustia y ansiedad muy altos, presencia de fenómenos alucinatorios, insomnio, transtornos alimentarios graves. En esos casos, los fármacos posibilitan un tratamiento vía la palabra, que muchas veces se ve impedido por algunos de los síntomas referidos: ¿qué esperar de lo que puede decir una persona que, por ejemplo, no puede dormir hace una semana debido a un pertinaz insomnio?.

Pero puede pasar también que el consumo de la medicación sea un obstáculo para el tratamiento. A diferencia de cierto tipo de psicoterapias, cuyo objetivo es remover el síntoma que llevó al paciente a consultar, ya que lo conciben como algo disfuncional que hay que eliminar, los psicoanalistas somos muy cuidadosos con el síntoma, ya que para nosotros es vía el síntoma como se expresa algo del orden de la singularidad de cada uno, de su deseo. Una prematura y completa desaparición de los síntomas como efecto de la medicación impide que el tratamiento continúe: el objetivo de un análisis no es tanto el de producir efectos terapéuticos, que no son duraderos, que desaparecen una vez que el vínculo con el psicólogo se termina, sino generar efectos que subsistan al fin del tratamiento y que vayan más allá del alivio sintomático.

De ahí que resulte tan necesario tener en cuenta la complejidad de la cuestión de la medicación: no se trata de tomar una pastilla ante el primer problema, pero tampoco de desestimar la importancia de la medicación como herramienta para los tratamientos. El objetivo de la medicación, si es usada tal como algunos analistas concebimos el uso de la misma, no es que al paciente le importe “tres pitos” lo que pasa, por el contrario, el alivio que conlleva la medicación es un paso previo, para posibilitar que el sujeto pueda, vía un análisis, responsabilizarse por su padecimiento, para así poder poner a trabajar su síntoma.



Sebastián Fernández Moores

domingo, 3 de julio de 2011

¿Cuándo se termina el duelo?


¿Cuándo se termina el duelo?
¿Cómo me doy cuenta?, ¿Es el mismo tiempo para todo el mundo? Esas son algunas de las preguntas que se escuchan por parte de quienes solicitan tratamiento psicológico ante el dolor que les genera la pérdida de un ser querido.
Algunas personas no consultan inmediatamente después de ocurrida la pérdida, sino luego de transcurrido un tiempo, donde el recuerdo no les permite continuar con las actividades que llevaban hasta ese momento. Otras, están llevando adelante su tratamiento y viven esta situación. También, hay quienes se acercan en busca de respuesta a cierta pregunta que se vienen haciendo, pero una vez comenzado el tratamiento mencionan la pérdida de algún ser querido. Estos son solo algunos ejemplos, donde las preguntas del inicio comienzan a ser dichas.
¿Qué es el duelo? ¿Hay una sola manera de llevarlo adelante? ¿Qué es lo que se perdió? Me propongo darles una breve mirada a estas preguntas para situarme así en un tema tan caro a los afectos que nos unen o separan de otros.
El duelo es el tiempo necesario para cada quien, donde nos encontramos con que la persona tiene una pérdida por el interés por el mundo exterior, pérdida de la capacidad de escoger algún nuevo objeto de amor y por un extrañamiento respecto de cualquier trabajo productivo que no tenga relación con el que ya no está. Es la cotidianeidad que le demuestra que su ser querido ya no existe más y que reclama que algo tiene que hacer con los lazos afectivos que lo unían a ese ser amado. Este trabajo no pude ser realizado enseguida, se va ejecutando, nos dice Freud en Duelo y Melancolía, “pieza por pieza con un gran gasto de tiempo y energía, entretanto la existencia de lo perdido continúa en lo psíquico”. Es decir, este proceso, paso a paso, requiere de energía y tiempo para seguir su trabajo de desanudamiento y anudamiento en otro lugar. Por esto es que para el que esta atravesando este momento el mundo se ha hecho pobre y vacío. Ahora bien, podemos entonces pensar que la manera en que cada uno lleva adelante este trabajo que le propone la realidad, para ir desatando pieza por pieza ese amor que lo unía a ese otro, es una tarea muy personal. Ya muchos deben conocer personas que en un primer momento hacen sus actividades como en forma automática, sin pensar demasiado, pero también hay quienes pareciera que no les ha pasado nada, porque tal vez este camino que implica el duelo no lo hayan comenzado a transitar.
En lo que respecta a la pregunta por lo que se perdió, nos puede ayudar lo que dice Lacan en el Seminario 10 en la clase del 30 de Enero de 1963 “Sólo estamos de duelo por alguien de quien podemos decirnos “Yo era su falta”. Estamos de duelo por personas a quienes hemos tratado bien o mal y respecto a quienes no sabíamos que cumplíamos la función de estar en el lugar de su falta” es entonces que lo que se perdió es lo que uno era para ese otro no ya ese otro amado sino aquel cuya falta fue y su deseo causó. Por lo tanto necesitará desplegar, o comenzar a hacerlo por lo menos, algo de este lugar que ocupaba para el otro.
Es en esta manera de poner palabras a lo que no anda, a lo que no se va, a lo que duele, que el psicoanálisis se propone para poder crear un espacio de intimidad, donde ese lugar que ocupaba pueda hacerse pregunta tal vez, ya que pareciera que esta todo dicho por la dolorosa pérdida, siendo en realidad la respuesta lo menos sabido.


Angela Oyarzábal

jueves, 5 de marzo de 2009

¿Psicólogo, psiquiatra o psicoanalista? Algunas claves para decidir a quién contarle la vida.

Sabemos que la lengua popular suele ser caprichosa y que con frecuencia distintas palabras tienden a utilizarse como si remitieran a la misma cosa.
En el caso que hoy nos ocupa, el problema es doble: no sólo se trata de términos que tienen diferencias muy específicas, sino que forman parte del imaginario de la locura, algo a lo que el común de la gente le teme, aunque no conozca bien sus diferentes matices. Entonces, casi se ha convertido en un insulto el famoso “¡vos necesitás un psicólogo, no, mejor un psiquiatra!”. Supuestamente, si alguien está loco necesita un psicólogo (esto se verifica cuando al preguntarle a alguien si acaso alguna vez consultó con un licenciado en psicología, obtenemos por respuesta un “yo no estoy loco, ¿para qué necesito un psicólogo?”). Pero, si acaso está muy loco, lo que pasa a necesitar es un psiquiatra.
Entonces, para la lengua popular se establece una primera diferencia entre el psicólogo y el psiquiatra, a partir de la gravedad del caso en cuestión: si hay un trastorno de índole mental leve, hay que ir a ver al psicólogo; pero si la cosa es grave, entonces conviene un psiquiatra. ¿Y el psicoanalista? Asumiendo el riesgo de ser un algo esquemáticos, pongamos un poco de orden en este asunto.

Quizás la primera idea, la más clara y ordenadora, es que el psiquiatra es una especialidad de la medicina, y que por eso al consultar con un psiquiatra, en última instancia, uno está recurriendo al modelo médico. Es por eso que el psiquiatra puede medicar, puesto que desde su perspectiva de abordaje de la problemática de un paciente, el desarreglo tiene causa orgánica y, por lo tanto, la incidencia de alguna droga sobre el sistema nervioso central puede corregirlo. El enorme desarrollo que la psicofarmacología ha alcanzado en nuestros días se debe justamente a cierto giro en la concepción de la persona humana capitaneado por la biología y las neurociencias. El psiquiatra también puede internar a una persona que se encuentra en un estado de peligro para sí o para terceros y, como muchos ya saben, también puede otorgar extensas licencias laborales a pacientes que se encuentren en estados emocionales inconvenientes para trabajar. Pero, por lo general, al psiquiatra se le cuentan los síntomas puntuales que se manifiestan en el cuerpo y, cuando uno comienza a hablarle de sus problemas, puede sugerir que de eso conviene hablar con el psicólogo.
El psicólogo, obviamente, no es un médico. Se trata de una carrera universitaria que, como casi todas y en función de los años de estudio, arroja títulos como Licenciado en Psicología, Magister en Psicología o Doctor en Psicología. Puesto que el psicólogo no es un médico, no puede recetar medicación ni puede internar a un paciente (la ley dice claramente que si considerara que la internación es adecuada en algún caso, debe “promoverla” a través de un psiquiatra). Existen muchas y muy variadas escuelas psicológicas (psicología gestáltica, transaccional, psicoterapias, terapias cognitivo-comportamentales, psicología sistémica, forense, educacional, laboral), así como diversos modos de abordaje y tratamiento (individual, grupal, de red, de pareja o de familia, de adultos y de niños).
A lo largo de la carrera universitaria de psicología, los futuros profesionales se forman en gran parte de ellas. Pero al finalizarla y comenzar el ejercicio de la profesión, por lo general, eligen alguna en particular para continuar sus estudios y aplicarla en su trabajo cotidiano. La psicología trabaja con parámetros generales y descripciones ajustadas a los tipos psicológicos más frecuentes; en sus modos de intervención clínica apuntan a la contención afectiva y a la concientización de la posición del paciente. El psicólogo puede actuar a través de la sugestión y dar indicaciones precisas acerca de cómo debe comportarse el paciente. Las típicas escenas “de psicólogos” de las películas hollywoodenses muestran este tipo de tratamiento, el que en ciertas ocasiones suele ser efectivo. En algunos de los modos de abordaje, al iniciar los tratamientos se acuerda el tiempo de trabajo y los objetivos que, generalmente, son a corto plazo. Finalmente, conviene agregar aquí que estos son los tratamientos que suelen cubrir las obras sociales y/o las prepagas, fundamentalmente porque pueden auditarlas y limitarle los plazos de trabajo.
Quizás el psicoanalista sea el más difícil de explicar, puesto que en sí mismo y desde el momento de su surgimiento como figura terapéutica en la historia, ha mantenido un lugar límite en el campo de la salud mental. En el párrafo anterior, donde hacía una especie de lista de las escuelas que se estudian en la carrera de psicología, omití a propósito incluir al psicoanálisis. Pero la realidad es que también se lo estudia en la universidad. El problema es que el psicoanálisis es algo así como una escuela que se opone en sus concepciones a la psicología, que la combate en sus puntos más centrales. Pero la realidad es que el título de psicoanalista no existe. Muchos de los psicoanalistas que reciben pacientes en carácter de tales son psicólogos que han elegido a la teoría psicoanalítica para desarrollar su labor.
El psicoanálisis es una teoría que no disuelve al sujeto en una tipología y que considera el sufrimiento personal como enraizado en la historia de cada uno. Una de las ideas más revolucionarias de su creador, Sigmund Freud, es que el sujeto humano es movido en los intereses de su vida por una energía de tipo sexual. Esta idea que a principios del siglo pasado provocó escándalos masivos, hoy ya no suena tan osada y contribuye en mucho al abordaje clínico de los pacientes. Para darle todo el valor a la palabra, Freud inventó el dispositivo del diván, en un intento por no quedar capturado por la imagen de los pacientes, tanto como para que estos pudieran asociar libremente sin la presión de un especialista delante (es por eso que la verdadera disposición de la sesión psicoanalítica exige que el psicoanalista esté sentado detrás del paciente y no tenga contacto visual con él). Debido al recorrido que cada paciente debe realizar por su historia personal y su niñez, el psicoanálisis es un tratamiento extenso.
No obstante, en contrapartida, su trabajo va más allá de la resolución de los síntomas a nivel de la conducta y apunta a lo más profundo del ser del sujeto, intentando una transformación radical y poniendo al paciente en concordancia con su deseo.
Por supuesto que de cada profesión hay mucho más por decir. Es cierto también que el psiquiatra puede convocar a un psicólogo –como ya dijimos– o que un psicólogo o un psicoanalista, al notar que su paciente comienza a manifestar síntomas que lo ponen en riesgo puede indicar una consulta psiquiátrica. Se arman así zonas de intersección, en las que resulta frecuente que un paciente en tratamiento psicoanalítico o psicológico esté medicado.
En síntesis... ¿a quién recurrir para contarle la vida? Usted elige, pero al menos ahora ya dispone de algún elemento más para una decisión que podría cambiarle la vida.

jueves, 11 de diciembre de 2008

¿Por qué el psicoanálisis hoy? por Cristina Toro


El psicoanálisis es una disciplina que nació como una práctica de cura a principios del siglo XX, en el encuentro que tuvo su inventor, Freud, con el discurso de una mujer cuyo padecer ponía en cuestión la vida sexual de los seres humanos y buscaba ser escuchado.
Es decir, el psicoanálisis nació como una práctica de cura y se sostiene como tal. Son argumentos desleales aquellos que se esgrimen diciendo que al psicoanálisis no le interesa la cura, dimensión que se encuentra permanentemente evocada en los textos de transmisión de Freud y de Lacan. Es esta la práctica que los psicoanalistas sostenemos hoy: La que liga el padecimiento a la sexualidad. Lo que no quiere decir que los psicoanalistas no estemos advertidos respecto de los cambios que se han producido en esta relación a través de los tiempos.
En la actualidad no es la misma que en la época de Freud, ya que lo que era un escándalo para la concepción de la sexualidad en el siglo XIX y a principios del XX, hoy es una banalidad.
Que los modos o modas sean diferentes no nos habilita a pensar que no hay represión de la sexualidad ni que no hay retorno de lo reprimido, es decir que no hay síntomas psíquicos, sino que en todo caso a lo que estamos obligados es a interrogarnos sobre qué es lo que “retorna” en un síntoma.
No sólo en un síntoma “clásicamente” neurótico: tristezas infinitas, compulsiones, exigencias, prohibiciones, sino también en las formas particulares que toma lo rechazado en nuestra sociedad capitalista. Me refiero a lo que denuncian las formas actuales de la angustia de los ataques de pánico, de los cuerpos alterados anoréxicos, transexuales o travestidos, y de los toxicómanos de hoy, como nuevas presentaciones del padecer subjetivo.
Claro que reconocemos que muchos de estos sufrimientos actuales, se presentan con un importante rechazo a ser subjetivados por quien los padece.
Aquellos cuya carta de presentación es el “yo soy así” pero que cuando al sujeto le resulta dificultoso continuar esta frase, como la letra del tango y decir “si soy así, que voy a hacer” y entonces si se encuentra con esto, quizá quiera consultar, allí está el psicoanalista, el mejor capacitado para escuchar.
Nuestra época… es una época en que el cinismo está a la orden del día, donde el sujeto padece de las locas e insistentes demandas de un “ideal generalizado” que los hace sentir rechazados a aquellos que no lograron entrar en los requisitos de la felicidad, del éxito, de la belleza, de la fuerza, la alegría. Que no pueden identificarse con ese “siempre arriba” de esas figuras ideales a las que nos convocan tanto la publicidad como los medios de comunicación.
Los que practicamos el psicoanálisis reconocemos que si bien cada época tiene su marca, nuestro desafío siempre es el mismo: relacionar al sujeto con el reconocimiento del inconsciente que lo determina, poder hacer producir una causa donde se sufre, encontrar una causa para sus síntomas inhabilitantes.
Los psicoanalistas asumimos como una responsabilidad ética el hecho de que nuestra práctica clínica debe estar siempre obligada a sostenerse en la complejidad que cada época supone, con el fin de mejorar la posición del sujeto que nos consulta.
Lacan nos lo dice así en un párrafo de un texto “es mejor que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época” [1]
Los analistas no debemos, ni estamos fuera de la hora en la que nos ha tocado vivir, y trabajamos en una formación permanente para estar a la altura del sujeto sufriente que se dirige a nuestra consulta. De la escucha de un analista y de la puesta en marcha de un tratamiento psicoanalítico puede esperarse el alivio subjetivo de los padecimientos.

Cristina Toro

[1] Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? Que conozca bien la espiral a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel, y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes. J. Lacan “Función y Campo de la palabra en psicoanálisis”

martes, 18 de noviembre de 2008

"Pánico al ataque" por el Lic. Sebastián Fernández Moores


"...pero lo que así ha sido incomprendido, regresa: como un espíritu no redimido, no se apacigua hasta recibir la solución y la redención" (Sigmund Freud)

Palpitaciones, mareos, dolores en el pecho, temblores, sensación de ahogo y de muerte inminente son algunos de los síntomas mencionados por varias de las tantas personas que circulan a diario por consultorios de psicólogos, médicos y psiquiatras. La denominación que la modernidad le ha dado a ese conjunto de síntomas es "ataque de pánico", y el tratamiento ofrecido se limita a la receta de psicofármacos o, en el caso de las terapias no analíticas, a un reducido y predeterminado número de entrevistas. En ambos casos, el objetivo es el mismo: acallar el síntoma, para normalizar así las funciones afectadas.

Se ha difundido la idea de que los llamados ataques de pánico constituyen una nueva patología, un conjunto de síntomas que hacen su aparición en los últimos años. Nada más lejano de ello: allá por el año 1895 (¡hace 113 años!) dichos síntomas ya habían sido agrupados por Sigmund Freud bajo el nombre de neurosis de angustia. ¿A qué se debe esta concepción errónea entonces? En parte a la influencia de los grandes laboratorios, principalmente estadounidenses, que proclamando a los ataques de pánico como el nuevo flagelo contemporáneo, facturan miles de millones de dólares en concepto de ventas de benzadiopezinas, imidazopiridinas y antidepresivos. Drogas mágicas que, a costa de la subjetividad y la singularidad del paciente, silencian aquello que los síntomas intentan expresar.

Si bien los hoy denominados ataques de pánico no constituyen una novedad, podríamos afirmar que en los tiempos que corren hay una proliferación de estos síntomas.
Quizás uno de los motivos sea la caída de ideales y de valores comunes, significaciones compartidas que en otras épocas ni siquiera eran cuestionadas. El sujeto en los tiempos del capitalismo es un sujeto desengañado, que privilegia por sobre todas las cosas su bienestar personal. Vivimos en una sociedad que impone a sus miembros la obligación de ser exitosos en todos los órdenes de la vida, algo muy difícil, si no imposible, de cumplir. ¿Cómo no entender que las personas cuenten hoy en día con menos recursos para tramitar la angustia que en otros tiempos, en los que existían ideales más cercanos al bienestar común que a la satisfacción personal? Triunfar, disfrutar, ser feliz: anhelos que pueden resultar válidos para la vida de cualquier persona, pero que sólo pueden ser vividos como cargas cuando aparecen como una exigencia de la sociedad.

Ahora bien, ¿qué es lo que el psicoanálisis tiene para ofrecer? Principalmente la escucha. Para los psicoanalistas los síntomas son indicadores de que algo del orden de la subjetividad no anda bien. Eliminar al síntoma, sea por intermedio de pastillas o de terapias focalizadas solamente con dicho objetivo, sería como matar al mensajero que trae una mala noticia.
Por eso, la importancia que le damos a la palabra del sujeto, privilegiando "su" verdad por ante otra cosa. A contrapelo del discurso imperante, que sólo busca la igualación de lo diferente, el psicoanálisis brinda al sujeto la posibilidad de despliegue de lo singular, de poner en palabras a la angustia que encontró en síntomas la única forma de expresión. En tiempos en que los pacientes son tomados como potenciales consumidores, o como individuos cuya subjetividad hay que "llamar al orden" silenciando sus síntomas para borrar lo disfuncional, el psicoanálisis ofrece al sujeto un espacio que le permite, a través de la palabra, situar algo del horror que lo invade, posibilitando así, además de un alivio sintomático, la pregunta acerca de su deseo.

Mayo de 2008
Lic. Sebastián Fernández Moores
licfmoores@gmail.com