lunes, 17 de octubre de 2016

Presentación del libro de la Red de psicoanalistas del Foro Analítico del Rio de la Plata

Los invitamos a la presentación de nuestro libro "El sujeto en entredicho" el día 28 de Octubre a las 20.30hs.
Comentan: Gabriel Lombardi, Cristina Toro y Carolina Zaffore.


miércoles, 20 de abril de 2016

Actividades 2016
Analisis de Control GRupal de la Red del FARP
Lunes 25 de abril a las 19.45 hs
Material clinico a cargo de Sebastian Fernandez Moores
Nos acompañara como  analista invitada Julieta de Battista.
¡¡¡Los eperamos!!!

domingo, 29 de noviembre de 2015

lunes, 16 de marzo de 2015

Sobre el amor, los discursos y la clínica actual

Sabemos que el amor es un tema que, en cada época, en diferentes momentos e incluso a través de diferentes discursos, nos hace hablar y escribir…en la literatura, nos encontramos con numerosas historias de amor, en donde éste aparece a través de sus pasiones, sus tragedias y también en sus encuentros y sus propios desencuentros. Así, hallamos historias que van desde la tragedia de “Romeo y Julieta” de Shakespeare, a historias como la de Castel y Maria en “El túnel”, en donde Sábato ahonda en las contradicciones e imposibilidades del amor o Kundera con “El libro de los amores ridículos”, en donde los distintos personajes se entregan a diversos y contradictorios “juegos” de la amistad, el amor y el sexo, sin olvidarnos de La Maga y Horacio en “Rayuela”, en donde Cortázar, entre otras cosas, escribe “andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, una muestra clara, de los encuentros y desencuentros de estos dos personajes….

De esto también podemos dar cuenta en la clínica, cuando recibimos a menudo consultas que están relacionadas a los “problemas del amor”, no referidos necesariamente a una pareja amorosa.
En consecuencia, los padecimientos en torno al amor muchas veces se encuentran complejizados por la problemática misma del lazo con el otro, signo singular de nuestra época, pero también por aquello que surge como síntoma del desencuentro estructural entre dos partenaires, y que implica que efectivamente no podamos hacer con el otro, uno.
Habitualmente podemos escuchar, en los dichos del sujeto que consulta, quejas en donde el otro, otro como partenaire amoroso, no responde a ciertas “expectativas”, allí donde además de ponerse en evidencia la distancia entre lo “esperado y recibido”, se revela esa infinita búsqueda- bajo la lógica de la imposibilidad- de un partenaire a medida. Ahora, ¿de qué medida se trata?
Ciertas lecturas en el psicoanálisis, a mi gusto, han exagerado o llevado la teoría a ciertos extremos que mal interpretan la trasmisión lacaniana. ¿No hemos escuchado en más de una oportunidad, casi a contra pelo de lo que la mayoría de los pacientes nos vienen a decir, que un objeto amoroso puede ser contingente y tomar valor como cualquier otro? Sin embargo, ¿por qué será que para un sujeto, su partenaire, no vale como cualquiera? Y lejos de eso ¿por qué incluso algunos insisten en que es ese y sólo ese?
Vale la pena aclarar, en este punto, que para pensar las elecciones amorosas, es necesario tener en cuenta, tal como Lacan lo platea, diferentes variables. Por un lado, las elecciones realizadas desde una orientación fantasmática, aquellas primeramente señaladas por Freud, y que recaen en la repetición, de aquellas orientadas por las determinaciones del inconsciente, que implican que para un hombre, una mujer no valga como cualquiera- y viceversa-.
Ahora, expliquemos un poco esto. En la teoría psicoanalítica, especialmente de la mano de Lacan, fue necesario introducir ciertas nociones que distinguieran el lugar del sujeto, como partenaire amoroso en este caso, del objeto, aquel al que se dirige la búsqueda del deseo, siempre fallida. En ese sentido, “ningún objeto vale más que otro”, ya que, este objeto -causa del deseo- y que podría ser un objeto cualquiera, será además investido imaginariamente, y por lo tanto, se lo ama por su “semblante”, por los atributos imaginarios del amor y que en realidad son aquellos que engañan en lo que concierne al amor. Sin embargo, al momento de analizar las elecciones amorosas, vale la pena pensar, como ya dije antes, en otras variables que se ponen en juego, tales como los ideales, los discursos, las épocas y por supuesto, éstas que aparecen en la clínica a menudo: la repetición y las fijaciones en las elecciones amorosas, que nos indicarían entonces, que no resulta lo mismo éste de aquel.
En la actualidad, los lazos con el otro y por ende, los amorosos, sufren de ciertas precariedades, especialmente si tenemos en cuenta que el discurso capitalista es ¡un discurso que justamente no hace pareja! Y si podemos pensar en alguna pareja, la hace con objetos de rápido intercambio, bajo el lema “el próximo será mejor”.
Pero sabemos que el inconsciente es atemporal, no responde a las leyes del calendario, y es por esa razón, que, más allá de las singularidades propias de una época, las elecciones amorosas no sólo estarán orientadas por el Ideal de la época o la fantasmática del sujeto, sino por las consonancias del inconsciente, aquello que deviene signo del afecto inconsciente, que determinarán al partenaire. En definitiva, ambas, las que apuntan a la repetición y aquellas más orientadas por las consonancias inconscientes, no dejan de estar “reguladas” por él (el inconsciente).

Poder estar un poco más advertidos de esto, es lo que Lacan ha finalmente llamado la posibilidad de un “amor más digno”, aquel que además de satisfacerse en el parloteo del amor, o en la búsqueda incesante- y repetitiva- de lo idéntico, se satisfaga de la contingencia del encuentro, siempre azaroso, con el otro.
Sabemos que no existen las “garantías” que aseguren la felicidad. Tampoco las tenemos del lado del amor, por eso el psicoanálisis puede pensarse como un espacio que propicia la posibilidad de aprehender las condiciones de deseo y goce que determinan el discurso inconsciente para cada quien. Dando la posibilidad a la contingencia del encuentro, con otro partenaire amoroso.

Natalia Domínguez

Psicoanalista- Miembro del Foro Analítico del Río de la Plata. Miembro de la Red Asistencial del FARP.

                                                                                                             

lunes, 25 de agosto de 2014

El destino de la angustia en el capitalismo


En la actualidad los modos de presentación del padecimiento, los modos en que cada sujeto experimenta el sufrimiento en la posmodernidad,  ¿o es que eso ya quedó caduco y estamos en el auge de pos posmodernidad? Es indudable que la fenomenología de presentación del padecimiento cambia con las épocas, con los discursos, con los modos de vida, sería irrisorio pensar que todo continúa igual cuando la velocidad parece ser un valor de la actualidad en la que vivimos. De tal manera los modos de manifestación del padecer en la Viena burguesa de Freud, no coincide con las histéricas perseguidas por la inquisición. Perseguidas por considerarlas brujas, que Goya representa fielmente en algunos de sus grabados. Tampoco el modo espectacular con el que Lady Macbeth cae rendida y el médico de Shakespeare pronuncia “las mentes sufrientes depositan en las sordas almohadas sus secretos”. Sin embargo, en esta última como en las anteriores encontramos posiciones diversas respecto a la angustia, posiciones distintas ante lo que insiste en el ser humano.

Hoy día la angustia es uno de los afectos más reprimido por el discurso capitalista, bajo su modo cientificista,  con el polémico D.S.M. (manual de diagnostico de trastornos mentales), que por estos días estamos en su quinta edición; o las declaraciones de la OMS –organización mundial de la salud- que predica que para el 2020 la segunda causa de incapacidad en el mundo va a ser la depresión; que en la descripción de sus signos aparece excluida este afecto central del ser hablante. ¿Es que la angustia ha desaparecido? El capitalismo propone a los sujetos los modos de gozar de los objetos, excluyendo el establecimiento de los lazos de filiación, de amor, de amistad. Se trata de sujetos en relación con objetos, que no establecen lazos con otros sino con objetos que apaciguan momentáneamente la angustia. Sujetos que no pueden acomodarse al ideal de consumo, al ideal de vida que propone el discurso, abriéndose una brecha insalvable entre los sujetos y la propuesta de consumo. Allí aparecen una serie de las llamadas “nuevas patologías”, íntimamente ligadas con lo que la actualidad del discurso ha nombrado como depresión y adicciones o paradójicamente consumo. Por supuesto que ambas han existido a lo largo de la historia del hombre, pero en la actualidad hay un visible incremento de estos diagnósticos, no por exceso de diagnostico sino por este fuerte enganche entre el sujeto y el objeto.  

Tanto la depresión como el consumo, son maneras en que el sujeto responde a una falta de la que el discurso se ha servido para ofertar sus objetos, que una vez adquiridos producen cierto dejo de insatisfacción. Pero no son las únicas, el acting out y los pasajes al acto, como modalidades suicidas, son quizás una de las mayores causas de internación en las instituciones de salud mental. Sin embargo los consultorios de los psicoanalistas y de otros profesionales de la salud, aunque a los analistas no les guste hacer conjunto, las cosas no son muy distintas. Las dificultades en el sueño, traducidas en pesadillas o un dormir interrumpido, los fenómenos corporales que la medicina descarta al no encontrar una causa eficiente para dichos padecimientos, terminan siendo motivo de consulta.

Así es como Freud comenzó a interesarse por las histéricas y los dolores de carácter inespecífico, que no cuadraban en el saber médico de la época. Allí por los principios del siglo XX, el saber medico pero más centralmente la figura del médico perdía el semblante de autoridad con el resto de las disciplinas, a las que también les llegaría su turno. Cuando todavía era pequeño, mi abuela no se cansaba de decir que la palabra del médico tenía un peso fundamental. Había un médico de cabecera que seguía la salud de la familia y en el caso que lo considerara necesario se hacia una consulta con un especialista, siempre tratándose de cuestiones excepcionales. Con la llegada del nuevo siglo no solo ha avanzado la especialización sino que se ha desvanecido la autoridad del médico. Cada vez son más frecuentes los sujetos que consultan a uno, dos y hasta tres médicos, sin encontrar la respuesta que los satisfaga. Frente a la declinación de la palabra, del lazo con el médico, se instaura una veloz tecnologización del saber médico, donde el trato determinante que tenía el médico con el paciente ha sido reemplazado por complejos estudios deshumanizados.

Ante un panorama de objetivación y el correlativo borramiento de la subjetividad, no es de sorprendernos que los padecientes sean considerados como meras victimas. Pierden de esa forma el estatuto de sujetos para convertirse objetos ofrecidos al saber del otro. Es así que quienes consultan, acomodados en el discurso que los victimiza demandan a quien los recibe que se los corrobore en ese lugar de objetos, enfermos, pacientes, sufrientes. Los analistas no dejan de alojar el padecimiento, pero no serán los cómplices de la victimización que algunos sujetos demandan que justifiquemos.

No solo son los consultantes quienes solicitan que se los preserve en el lugar de enfermos, en muchas oportunidades es el Otro familiar que inquieto ante una incertidumbre inespecífica, demandan un diagnostico. Hace unas semanas me llama el padre de una joven, que se encuentra en tratamiento desde hace un tiempo, preocupado porque un familiar lo interrogó acerca del diagnostico de su hija; es así que pregunta directamente si su hija sufre de esquizofrenia, le digo que por supuesto que no, esa es una patología que no existe más (según la nueva versión del DSM V). Por supuesto que esta es una anécdota simplemente ejemplificadora. No cabe duda de que esto responde a cierta economía familiar, bastante habitual, donde existe un empuje a objetivar a uno de sus integrantes bajo la rubrica del diagnostico.

Por sabido que pueda resultar para algunos, nunca es excesivo despabilar las orejas adormiladas recordando que, el psicoanálisis no opera con la estandarización para posteriormente objetivar a los sujetos en cierto estándar. Ha pasado más de un siglo desde el descubrimiento del inconciente, sus particulares formaciones, en el que radica el deseo singular, único, eterno, indestructible, que no se deja domesticar por el consumo. Se trata de un deseo ante el cual el sujeto se inhibe en su realización, y allí la angustia tiene un papel central, umbral de la certeza. Actos de realización postergados para la otra vida, aplastados por el discurso capitalista, sus objetos y los síntomas que siempre lo mantendrán a una distancia considerable de la realización, pero cercanos al padecimiento. Es así, que hoy se debe ser profundamente freudiano, ofreciendo orejas en lugar de sordas almohadas. El psicoanalista con su acto se embarca en desentramar la madeja sintomática, para alcanzar el corazón del sujeto, acompañándolo hasta la realización de un acto acorde a su deseo. 
 
Santiago Candia

Psicoanalista – Miembro del Foro Analítico del Rio de la Plata

jueves, 8 de mayo de 2014

Espacio de Discusiones Clínicas de la Red Asistencial del FARP

Los invitamos a participar de nuestras actividades. En esta oportunidad, el lunes 12 de Mayo en el espacio de Discusiones Clínicas, con un caso de Laura Salinas.
 
 

miércoles, 29 de mayo de 2013

¿Por qué juegan el psicoanalista y el niño en un análisis?


           Está sobreentendido que el niño y el psicoanalista, juegan.
Y es cierto, porque el psicoanálisis con niños se funda en la operación de verdad freudiana de leer el inconsciente en el juego, al igual que se lee el inconsciente en el sueño.
Pero si sobreentendemos, es que algo quedó entendido de más y debemos hacer la pregunta de nuevo:
¿A qué juegan y por qué juegan el psicoanalista y el niño?
En el texto “un recuerdo de infancia en Poesía y Verdad” Freud analiza el recuerdo infantil narrado por Goethe, del hallazgo del pequeño escritor en la oportunidad de haberse entregado a tirar toda la vajilla de loza por la ventana de la cocina a pedido de unos chistosos vecinos. Durante la siesta, éste habría tirado unos platos, y frente al festejo seguido de “Otro!!!”…de los vecinos, el niñito se habría despachado hasta el final.
Freud encuentra elementos en común entre este relato y el recuerdo de un juego infantil casi idéntico de un paciente neurótico adulto, que lo llevan a buscar algunos datos biográficos de Goethe, encontrando a su criterio motivos comunes tras esta acción lúdica: ambos eran víctimas de la llegada reciente de un hermanito, por lo que Freud lee allí la oportunidad del juego, de satisfacer el deseo prohibido de deshacerse del recién nacido.

      Veamos cómo lo dice Melanie Klein: “El material que los niños producen durante la sesión, a medida que pasan de juego con juguetes a dramatizar en su propia persona y a jugar con agua, cortar papel, o dibujar, el modo en que hacen esto, la razón por la que cambian de un juego a otro, los medios que eligen para sus representaciones, toda esta miscelánea de factores, que tan a menudo parece confusa y sin sentido, es vista como coherente y plena de significado, y se nos revelan las fuentes y pensamientos subyacentes, si los interpretamos exactamente como los sueños”.1
Por lo tanto no hay inconveniente en considerar que el juego, al igual que el sueño en el adulto, es expresión de un inconsciente interpretador capaz de auxiliar al sujeto infantil en sus encuentros con lo traumático de lo Real.
Pero dentro de un análisis, el juego como los sueños, llegan para dar respuesta a la pregunta por el padecimiento, por el síntoma, pregunta que se apoya en la presencia del analista quien los hace funcionar como una herramienta eficaz para la cura. El momento de surgimiento tanto del juego como del sueño dentro de un análisis, constituyen el acontecimiento de un sujeto que puede tomar la palabra de otro modo, escapando legalmente a los condicionamientos habituales de las amarras del Yo.

        A eso juegan el niño y el analista: juegan a fundar el espacio de la pregunta por el síntoma, que es el ser del sujeto, para encontrar a partir de allí otras respuestas posibles.
Por otro lado el analista tiene el desafío de suponer en la demanda de los padres, de qué niño le hablan cuando traen a su hijo como síntoma.
Uno de los trabajos más decisivos para la cura que se decida emprender con un niño, es localizar en el decir de los padres y junto a ellos, de qué sufre el niño que nos traen más allá de las demandas escolares, familiares, legales.
        Localizar eso es abrir otro juego, que es el de la suposición del sujeto-niño que pugna por aparecer tras esos síntomas. Es ir de la queja o el malestar, a la implicación en una pregunta por el niño en tanto sujeto. Es así que en el encuentro con él, el juego del analista es abrir una partida bajo la forma de la apuesta:
        S, de 6 años padece de terrores nocturnos y miedos durante el día dentro de la casa. No es eso sin embargo lo que le preocupaba a la mamá, quien se mostraba enojada con S por sus caprichos y ‘demandas imparables’. Viene de dos intentos de tratamientos ‘fracasados’ dicen los papás en las entrevistas previas.
        Cuando accedo a verla, no quiere entrar al consultorio bajo ningún aspecto, por lo que las hago pasar junto a su mamá.
Les pregunto qué las trae por aquí, y es la mamá la que responde: vienen porque “S a veces se porta mal”.
-Pregunto si no era por el tema de los miedos?.. Digo, que soy una especialista en miedos y que sé sobre monstruos. Que conozco a varios monstruos de los que me hablan otros chicos.
        S. levanta entonces la vista y desde atrás de su madre me habla de Chucky. Le pregunto si hay otros…Habla de un monstruo que anda por la casa. Ella lo ve en un pasillo. Accede a venir hasta mi escritorio a dibujar uno. Dice mientras dibuja: “no da miedo”. Su mamá, -muy atenta a su celular, comenta chistosa: “ah! ese monstruo no da miedo”. Digo: sí acá es chistoso y no da miedo, pero si te lo encontrás en el pasillo o en la imaginación?
         S. pide dibujar más monstruos y no quiere irse del consultorio.

      El psicoanalista es siempre aquel que puede dar al síntoma un valor de mensaje. En la clínica con niños, éstos también quieren jugar al análisis, cuando alguien puede comprometerse a escuchar de otro modo su sufrimiento, ya no porque sólo conlleva el enojo, vergüenza o sufrimiento, en él y sus padres, sino porque escuchar de otro modo es en sí misma la posibilidad de un juego: puede dar lugar a transformarse en otra cosa, como cuando nace el “dale que..”


 Laura Salinas

Psicoanalista – Miembro del Foro Analítico del Rio de la Plata y de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano. Coordinadora de la Red de Analistas del FARP

1 Klein, principios psicológicos del análisis infantil”, 1926. Amor, culpa y reparación.

domingo, 16 de septiembre de 2012


¿Qué produce un tratamiento psicoanálitico?



Cuando un sujeto se plantea comenzar con un tratamiento psicológico,  lo hace por estar atravesando un momento particular donde hay algo de sí mismo que le dificulta seguir adelante con la cotidianeidad de su vida, y que se manifiesta de diferentes maneras: sensaciones de angustia, síntomas en el cuerpo, períodos de duelos, etc.

La variedad de terapias que se ofertan hacen que quien desea comenzar un tratamiento se cuestione qué variante elegir. Las llamadas “terapias breves” han tomado un valor importante en los últimos tiempos, por estar todas ellas adaptadas a un sistema que exige “solucionar” los conflictos en cuestión con inmediatez, con premura. De ahí los prejuicios que a veces llevan a no elegir un tratamiento de orientación psicoanalítica: la duración del mismo, la idea de tener que “recordar” situaciones de la infancia, etc, etc. Cabe entonces investigar el por qué de esta diferencia: ¿cómo puede un tratamiento “curar” tan rápido y otro tardar “tanto tiempo”?, acaso esto nos conduzca a cuestionarnos qué produce un tratamiento psicoanalítico y qué otras terapias.

¿De qué se trata un psicoanálisis?

Cuando un sujeto se ve convocado a acudir a un profesional para hablar de lo que le pasa, se dirige en principio en busca de una “solución”.

En las terapias breves por ejemplo, el objetivo sería orientarse en “solucionar ese problema” a corto plazo, con la idea de una remisión rápida del malestar que lo lleva al sujeto a consultar. Es esto lo que hace posible que quien consulta encuentre un “atajo” para salir de ello rápidamente, un atajo que resulta necesario cuestionar.

El psicoanálisis se ocupa de algo muy distinto, encontrando que esa escapatoria no lo conduce a un sujeto a la salida del laberinto sino más bien a seguir dando vueltas en el mismo. Lo que para las primeras es la “solución”, para el psicoanálisis se trata de un reforzamiento de lo que tendría más bien que estar puesto en cuestión. ¿Por qué?

Cuando se padece de un síntoma, de un malestar, allí se hallan arraigadas varias cuestiones que se han ido enlazando una a una hasta constituir dicho malestar. Decimos con Freud que un síntoma es una manifestación del inconciente, en él se hallan contenidas varias causas y no tan sólo una. Por ello, para el psicoanálisis, el tapar la angustia, el crear conductas evitativas, el fortalecer las acciones del yo, son mas bien una forma de “resistirse” a buscar el origen, el conjunto de causas que llevaron al sujeto a su situación actual. Se trata entonces de poder distinguir claramente que los objetivos de ambos tipos de tratamiento son ciertamente muy distintos. Podemos decir que se ocupan de dos entidades diferentes.

Consideramos así que los paliativos para “estar mejor” operan más bien alienando, sosteniendo un punto de incuestionabilidad de sí mismo, que evita las preguntas de cómo se armó ese laberinto. De esta forma entonces vamos comprendiendo que “las soluciones rápidas” pueden resultar engañosas, dado que esos síntomas que en apariencia desaparecen retornarán luego de ése u otro modo.

El psicoanálisis trabaja con una ética, no con una moral. Una ética que es la del deseo, es por ello que el tiempo, el recorrido de un análisis, es subjetivo y único para cada uno. No hay manera de juzgar si ese tiempo es mucho o poco, en tanto el sujeto que está atravesando por él va procurando las vueltas que le sean necesarias para develar la autenticidad de su posición. Indagar en esos recovecos del inconciente hace posible que un sujeto conozca de sus marcas, de sus fantasías, de su modalidad, y al fín y al cabo pueda ser un sujeto que elige, con un poco más de libertad, un modo diferente de estar.

Así podemos pensar entonces que no es lo mismo hallar formas para sostenerse sin cuestionamientos en un aparente bienestar, que reformularse un nuevo andar siguiendo la brújula del propio deseo.

Lic. Valeria A. Mercuri

viernes, 30 de marzo de 2012

Una cuestión de tiempos…un momento para comprender


Cuantas veces, en la actualidad, hemos escuchado decir cosas tales como “no tengo tiempo para nada” o “cómo pasa el tiempo” o “el tiempo no me alcanza…”. Pareciera que algo en relación a este valor temporal, se presenta en algunas oportunidades como una queja, y otras, vinculado a ciertas sensaciones de frustración, ahí donde ese tiempo justamente no alcanza y en consecuencia no es suficiente para lograr o alcanzar determinadas metas.

También resultaría extraño que, casualmente en estas épocas, pudiéramos pensar a alguien no portando un celular, lo que implicaría entender que es impensado que alguien no pudiera estar ubicable, o que no tenga una dirección de mail, lo mínimo e indispensable para sobrevivir…

¿Será que no podemos perdernos de nada, lo que equivaldría a decir, que estamos listos y disponibles siempre, en cualquier momento y horario, porque si se apaga el celular…qué sucedería?

¿Qué será entonces lo que esta época parece “imponer”? ¿Podría ser, que en la era de la globalización y el discurso capitalista, en donde todo puede ser posible de manera rápida y eficaz, no podamos pensarnos por fuera de ese tiempo que nos “obliga” a estar siempre, a querer saber todo y no poder concebir, por sobre todas las cosas, el perdernos nada?

Sería interesante analizar entonces, en relación a estas particularidades, cómo se estructura el discurso a través de estos acontecimientos, y valdría la pena pensar qué sucede justamente con lo discursivo en esta época, allí donde parece quedar claro que, los efectos del discurso, tienen consecuencias para los sujetos hablantes, y estas consecuencias seguramente estarán vinculadas a las ofertas y semblantes que este discurso genera.

Los efectos del discurso

Entonces, si este “modo de comunicación” hace referencia no sólo a lo “todo posible” sino por sobre todas las cosas a la inmediatez, tal vez deberíamos considerar que el efecto probable tenga que ver con lo que no se inscribe en el discurso, es decir, que en relación al lenguaje algo no puede ser simbolizado por los sujetos que hablan, y en consecuencia, los resultados son las carencias de los lazos, que en el caso del discurso capitalista, al decir de Colette Soler “…no escribe nada de eso, sino sólo la relación de cada sujeto con los objetos a producir y a consumir”, destruyendo el “Capital Simbólico”[1].

¿Qué consecuencias tendrá esto para un sujeto? Los síntomas actuales nos ofrecen un claro ejemplo de esta modalidad: ataques de pánico, estrés, fobias, podrían ser algunos de los exponentes más comunes de la época, como también las llamadas “patologías del acto”: bulimias, anorexias, entre otras, compulsiones que se repiten, en el intento de asimilar ese goce que “exige” satisfacerse en el aquí y ahora.

En la carrera hacia el éxito como única meta posible, se genera como resultado la insatisfacción y las nuevas “formas” de padecimiento, como así también muchas respuestas que se prometen para su solución, muy acordes a estos tiempos también: rápidas y eficaces, eliminando el valor simbólico de la palabra, en su transmisión, como arma que da sentido y compensa los padecimientos de la vida misma.

Es cierto que estar “a la altura de la época” sería sinónimo de “aliviarse rápidamente, para seguir con el ritmo de los tiempos de hoy”, pero ¿cómo darle otro lugar al padecimiento, cómo hacer para que, eso que se padece, pueda ponerse en palabras?

Lacan introdujo tres tiempos lógicos, en donde el segundo tiempo corresponde al “momento de comprender”. Un momento en el cual es necesario un intervalo, intervalo entre la causa y su efecto…intervalo casualmente que la pulsión intenta eliminar, “exigiendo” su satisfacción en un tiempo inmediato.

Allí no hay lugar para el síntoma, para ese sustituto en el cual los sujetos puedan encarnar ese valor de uso pulsional que se contrapone con el valor de tiempo del goce, donde lo que se impone es la inmediatez, quedando reducidos entre el “momento de ver” y el “momento de concluir”, sin la mediación de ese otro tiempo intermedio, necesario para hablar de lo que nos sucede.

El psicoanálisis, un momento para comprender

El psicoanálisis se propone como un espacio en el cual es válido ese tiempo lógico, como síntoma incluso, haciendo de intervalo entre lo dicho y aquello que queda por fuera, que no se puede decir y que muchas veces “no se quiere saber”.

La historia forma parte del tiempo, por eso, el psicoanálisis propone desandar ese camino, darle un valor de uso a la palabra para ponerla a trabajar e ir más allá de eso que está en la superficie, en la vorágine y en lo que no se puede solucionar inmediatamente.

Darle un lugar al discurso, en donde el que padece pueda hablar-hacerse un tiempo- para contar su historia.

Lic. Natalia Domínguez



[1] Colette Soler, “Los afectos Lacanianos”.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El marketing de la enfermedad


Llamamos psicofármacos a aquellos medicamentos que producen efectos en el comportamiento de la persona que los consume. Se los clasifica en dos grandes grupos: los sedantes psíquicos y los antidepresivos. Dentro de los sedantes psíquicos se encuentran los estabilizantes del humor, los antipsicóticos y los ansiolíticos (los más conocidos: clonazepan y alprazolam). Por su parte, los antidepresivos se dividen en típicos y atípicos (por ejemplo: fluoxetina y paroxetina).


Hace un par de meses, Susana Gimenez sorprendió a varios al contar en su programa que toma antidepresivos hace diez años, rematando su revelación con las siguientes palabras: toma todo el mundo en los Estados Unidos y en Europa. Son excelentes. Se puede caer todo y no pasa nada". Enseguida aclaró: "Lo que no podés hacer con la pastilla es mezclar. Pero desde que las consumo, me importa tres pitos todo lo que pase". (http://www.youtube.com/watch?v=1avxy9LRlno)

Si bien la expresión de Susana suena un poco exagerada, las estadísticas nos brindan números bastante llamativos: sólo en EEUU, veintisiente millones de personas toma antidepresivos, esto es el 10 % de la población y representa exactamente el doble de la cantidad de gente que consumía dichos psicofármacos en 1996. En la Argentina los números resultan igual de alarmantes: según una encuesta del Observatorio Argentino de Drogas más de tres millones de argentinos admitieron el uso de psicofármacos, habiendo aumentando en un 40 % el consumo de antidepresivos y ansiolíticos en los últimos diez años.


Hoy 100.000.000 de personas consumen psicofármacos en todo el mundo. El vertiginoso ascenso del consumo está directamente relacionado con el llamado “marketing de la enfermedad”: a partir de los medios se difunde ampliamente la aparición de “nuevos” transtornos psicológicos, enfermedades descubiertas en los departamentos de marketing de los fabricantes de drogas. Algunos de ellos tienen nombres que resultarían graciosos si no fuera porque realmente a los pacientes se les diagnostica dichas enfermedades, por ejemplo: transtorno de ir de compras compulsivo, transtorno premenstrual disfórico, transtorno bipolar pediátrico (que llevó a un aumento del orden del 4000% en el consumo de medicación para niños en la última década). A modo de ejemplo, tomemos lo que ocurrió con el llamado transtorno de ansiedad social: en el año 1999 en EEUU se difundió en diversos medios publicitarios el descubrimiento de esta “nueva” enfermedad, afirmándose que afectaba al 13,3 % de la población estadounidense. Simultáneamente, la DFA aprobaba la droga llamada PAXIL, supuestamente eficaz para su tratamiento. Tiempo después se descubrió que la agencia de publicidad que había realizado la campaña que alertara a la población por la aparición del transtorno de ansiedad social había sido contratada por la misma empresa farmacéutica que creó la droga. (para más detalles: http://www.youtube.com/watch?v=3iitl6IqSRo&feature=g-hist )

Otra problemática vinculada con el tema es la cuestión de la automedicación. No todas las drogas actúan de la misma manera, dado que la metabolización de las mismas por parte del organismo varía según cada persona, la sustancia, la dosis, la forma en la que se administra, el tiempo transcurrido desde que comenzó el consumo y la interacción entre dos o más psicofámarcos. De ahí la importancia de que el consumo de psicofármacos sea supervisado por un profesional. Según un informe de la Secretaría para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico, más del 10% de las personas de entre 16 y 65 años, el 8% de los universitarios y el 4,4% de los estudiantes secundarios usan sedantes o estimulantes sin prescripción médica. "Es todavía más grave, porque esos datos hablan del consumo sin receta y hay muchos que, aún accediendo a los psicofármacos por indicación médica, los usan indebidamente. La cifra es aún mayor", asegura Diego Alvarez, director del Observatorio de Drogas de Sedronar. "Argentina es el único país latinoamericano en el que la primera droga, después del tabaco y el alcohol, no es la marihuana sino el psicotrópico".

El correlato de esta situación es que los psicólogos nos encontramos cada vez más asiduamente con pacientes que en la primer consulta cuentan que hace tiempo toman algún tipo de psicofármaco sin ningún tipo de supervisión profesional. Se ha naturalizado tanto el consumo que nadie mide las consecuencias de la automedicación.

¿Cuál es la posición que tenemos algunos de los profesionales de la salud de orientación psicoanalítica frente a la cuestión del uso de psicofármacos? La medicación puede ser en muchos casos una herramienta muy importante, fundamentalmente ante la presencia de una sintomatología que hace obstáculo al tratamiento: niveles de angustia y ansiedad muy altos, presencia de fenómenos alucinatorios, insomnio, transtornos alimentarios graves. En esos casos, los fármacos posibilitan un tratamiento vía la palabra, que muchas veces se ve impedido por algunos de los síntomas referidos: ¿qué esperar de lo que puede decir una persona que, por ejemplo, no puede dormir hace una semana debido a un pertinaz insomnio?.

Pero puede pasar también que el consumo de la medicación sea un obstáculo para el tratamiento. A diferencia de cierto tipo de psicoterapias, cuyo objetivo es remover el síntoma que llevó al paciente a consultar, ya que lo conciben como algo disfuncional que hay que eliminar, los psicoanalistas somos muy cuidadosos con el síntoma, ya que para nosotros es vía el síntoma como se expresa algo del orden de la singularidad de cada uno, de su deseo. Una prematura y completa desaparición de los síntomas como efecto de la medicación impide que el tratamiento continúe: el objetivo de un análisis no es tanto el de producir efectos terapéuticos, que no son duraderos, que desaparecen una vez que el vínculo con el psicólogo se termina, sino generar efectos que subsistan al fin del tratamiento y que vayan más allá del alivio sintomático.

De ahí que resulte tan necesario tener en cuenta la complejidad de la cuestión de la medicación: no se trata de tomar una pastilla ante el primer problema, pero tampoco de desestimar la importancia de la medicación como herramienta para los tratamientos. El objetivo de la medicación, si es usada tal como algunos analistas concebimos el uso de la misma, no es que al paciente le importe “tres pitos” lo que pasa, por el contrario, el alivio que conlleva la medicación es un paso previo, para posibilitar que el sujeto pueda, vía un análisis, responsabilizarse por su padecimiento, para así poder poner a trabajar su síntoma.



Sebastián Fernández Moores